La primera vez que uno ve Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015) sabe que el delirio visual al que se ven abocados aquellos personajes de estética western y punk no caerá en saco roto, y que, detrás de aquel despliegue cromático, de sonido y efectos especiales, se esconde una metáfora medioambiental y humanista mucho más profunda de lo que, aparentemente, se antoja como una road movie de ritmo vertiginoso, donde (esta vez sí) se cumple aquel truco tan manido en la industria cinematográfica de si pestañeas, te lo pierdes. Oda al mejor cine postapocalíptico, George Miller fabricó una obra maestra visualmente apabullante, una película de culto que abrazaba el feminismo revolucionariopara imaginar una distopía donde la vida se medía en litros de gasolina y en la que Charlize Theron y Tom Hardy formulaban "una suerte de epopeya feminista donde el poder regenerador de lo femenino lucha, con pareja ferocidad, con una decadente fuerza masculina definida por la seducción de la muerte y la implacable administración de la desigualdad", según escribía Jordi Costa en su critica para Fotogramas.
"Es poesía en movimiento, pero, también, un gesto reivindicativo y feroz que reclama una identidad desafiante (y, sí, también poética y visionaria) para el blockbuster de acción en plenos tiempos de gélida gestión de franquicias y de realizadores más dotados para el pitching ante ejecutivos que para la creación de formas." Rodada en orden cronológico y fuera de aquella Australia que vio nacer la trilogía original debido a unas lluvias torrenciales que tiñeron de verde las zonas desérticas que acogieron los rodajes con Mel Gibson, en 2016, la BBC situó a Mad Max: Furia en la carretera en el puesto 19 de las 100 mejores películas del siglo XXI.
Se perdió una mañana de instituto para ver el final de ‘Perdidos’ y, aunque la leyenda cuenta que está en FOTOGRAMAS por sus tortillas de patata, la realidad es que lleva en la revista desde 2016 como “el chico de los vídeos”. Graduado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, un día se cansó de vivir entre muggles y, antes de que ‘Cinema Paradiso’ y ‘El espíritu de la colmena’ despertaran su fascinación por el séptimo arte, decidió (no) crecer imaginando su infancia entre hobbits y jedis. Vive enamorado de Emma Watson y Michael Scott, y está convencido de que su cima en la vida ha sido, es y será decirle a Viggo Mortensen en un ascensor que todavía guarda una figura de acción de Aragorn.