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En un pasaje inquietante de la novela ‘La zona de interés’, el escritor británico Martin Amis recurría a la voz interior del comandante de un campo de concentración nazi para sintetizar la idea de la banalidad del mal. “Porque soy un hombre normal con necesidades normales. Soy completamente normal”. Esta siniestra noción de normalidad, acompañada por un profundo proceso de alienación, de pérdida de perspectiva, es lo que disecciona el también británico Jonathan Glazer en la magistral ‘The Zone of Interest’, su primera película desde la no menos memorable ‘Under the Skin’. En aquel film de ciencia ficción –donde Scarlett Johansson interpretaba a un alienígena que descubría el significado de la conciencia humana–, Glazer inventaba un audaz dispositivo fílmico que le permitía estudiar el choque entre lo inexplicable (la odisea del alien) y lo conocido (los rituales humanos). En unas escenas cargadas de extrañamiento, filmadas con ocho pequeñas cámaras digitales ocultas en el interior de una furgoneta, el espectador de ‘Under the Skin’ podía ver a la estrella de Hollywood, Johansson, dialogando con transeúntes escoceses que desconocían que estaban participando en una película. Ahora, con ‘The Zone of Interest’, Glazer se confirma como un genial inventor de formas cinematográficas. Ante el desafío de representar la mayor barbarie del siglo XX, el director de ‘Sexy Beast’ recurre a la estética de la telerrealidad y disecciona, con ánimo quirúrgico, el día a día de un clan familiar entregado a la más terrorífica de las normalidades.
Hay que destacar el brillante trabajo de adaptación del texto de Amis que pone en escena Glazer. Adoptando las perspectivas de tres habitantes del campo de concentración –el comandante, un suboficial y un sonderkommando–, el escritor de Oxford proponía en su novela una inmersión visceral y muy sórdida en el horror nazi. Por su parte, Glazer se centra únicamente en la figura del comandante y su familia (el suboficial, que en la novela ansía conquistar a la esposa del comandante, solo aparece en una brevísima escena). Y todavía más. Mientras que, en la novela, el comandante, conocido como el Viejo Bebedor, se presentaba como un monstruo alcoholizado e irascible, Galzer lo convierte en una figura serena y hermética. El actor Christian Friedel, con su voz aguda y su cuerpo finamente rechoncho, le otroga al personaje un aura casi entrañable, sensible, en las escenas en la que se le ve cuidando de sus hijos pequeños.
Según Glazer (y Hannah Arendt), fuera de los campos de exterminio, el mal se escondía debajo de las alfombras. ¿Pero cómo levantarlas? ¿Cómo retratar esa normalidad abyecta sin caer en lo grotesco, en lo sensacionalista, en lo vulgar? Parece una misión imposible, casi sin parangón en la historia del cine, que para retratar el horror del fascismo ha tendido a regodearse en el horror o a construir alegorías esperpénticas (viene a la memoria el caso de ‘Canino’ de Yorgos Lanthimos). Glazer, uno de los cineastas más inteligentes y astutos del panorama actual, encuentra una solución al reto combinando dos conceptos aparentemente antagónica: el fuera de campo y el retrato hiperrealista. A través de una construcción sonora espeluznante –afianzada por la chirriante banda sonora de Mica Levi–, Glazer invoca el terror de Auschwitz, pero su cámara casi nunca atraviesa el muro del campo de concentración (la única vez que lo hace es para mostrar un primer plano de un oficial). Y, luego, frente a ese off insoportable, Glazer sitúa al espectador frente a los desangelados rituales de la familia del comandante: salidas al río, tardes de indolencia, la visita de algún familiar, los juegos de los niños, el empeño que pone la madre (una comedida y ultraprecisa Sandra Hüller) en el cuidado de su preciado jardín botánico…
Nada se sale de la norma en la vida familiar del comandante, pero el dispositivo de filmación que construye Glazer revela la agitación que se oculta tras la calma. Empleando solo planos generales, casi todos fijos (los únicos movimientos de cámara son en línea recta), ‘The Zone of Interest’ se asienta sobre la idea de la vigilancia. La casa familiar aparece filmada como si fuera un plató de Gran Hermano. Las perspectivas son múltiples; los planos no duran demasiado porque cada movimiento de los personajes invoca la llegada de un corte de montaje y la aparición de una nueva perspectiva. Los objetivos de las cámaras de Glazer pueden verlo todo, pero deciden mostrar solo la “normalidad”, en toda su perfidia higiénica y banal. La madre solo puede pensar en mantener a flote una ordenada realidad doméstica convertida en lúgubre paraíso pequeñoburgués. Hay algunos planos (la madre desayunando o tomándose un baño, el comandante apagando las luces de la casa) que remiten intensamente a la célebre ‘Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles’, en la que Chantal Akerman disecó la nada cotidiana de una ama de casa en la Bélgica de mediados de los años 70. Glazer, en una propuesta no carente de riesgo, presenta al clan nazi como un instrumento del mal, vaciado de toda psicología más allá de las pulsiones coyunturales (“no pensaba en quién estaba y quién no estaba, solo podía pensar en cómo gasearlos a todos… el techo era muy alto”, le comenta el Comandante a su mujer en una llamada telefónica desde una para de oficiales).
‘The Zone of Interest’ puede verse como la magistral respuesta de Glazer a las aberrantes propuestas de Steven Spielberg en ‘La lista de Shindler’ y László Nemes en ‘El hijo de Saúl’, películas que sumergían al espectador en el pozo inmoral del Holocausto a través de la subjetividad y el suspense. Con sus cámaras desprovistas de sensibilidad, el británico deja ver que, en el Holocausto, no había lugar para la esperanza, la compasión. La humanidad que merecen las víctimas de la barbarie no puede pasar por el sentimentalismo, sino por el “trabajo” memorístico, sea el de las mujeres que conservan limpios los viejos campos de concentración (que también aparecen en la película) o el de un cineasta que piensa como un artista y no como un mercader de emociones.
Para quienes piensan que el cine puede ser un templo de la memoria
FICHA TÉCNICA
Dirección: Jonathan Glazer Reparto: Sandra Hüller, Christian Friedel, Ralph Herforth, Max Beck, Marie Rosa Tietjen País: Reino Unido Año: 2023 Fecha de estreno: desconocida Género: Drama Guion: Jonathan Glazer Duración: 105 min.
Sinopsis: Adaptando la novela de Martin Amis, nos cuenta la historia de un oficial nazi que se enamora de la mujer del comandante del campo de concentración de Auschwitz. Lo curioso es que la historia se narra a través de tres personajes, el oficial protagonista, el comandante y un judío.
Manu Yáñez es periodista y crítico de cine y está especializado en cine de autor, en su acepción más amplia. De chaval, tenía las paredes de su habitación engalanadas con pósteres de ‘Star Wars: Una nueva esperanza’ de George Lucas y ‘Regreso a Howards End’ de James Ivory, mientras que hoy decora su apartamento con afiches de los festivales de Cannes y Venecia, a los que acude desde 2003. De hecho, su pasión por la crónica de festivales le cambió la vida cuando, en 2005, recibió el encargo de cubrir la Mostra italiana para la revista Fotogramas. Desde entonces, ha podido entrevistar, siempre para “La primera revista de cine”, a mitos como Clint Eastwood, Martin Scorsese, Angelina Jolie, Quentin Tarantino y Timotheé Chalamet, entre otros.
Manu es Ingeniero Industrial por la Universitat Politécnica de Catalunya, además de Máster en Estudios de Cine y doctorando en Comunicación por la Universitat Pompeu Fabra. Además de sus críticas, crónicas y entrevistas para Fotogramas, publica en El Cultural, el Diari Ara, Otros Cines Europa (escribiendo y conduciendo el podcast de la web), la revista neoyorkina Film Comment y la colombiana Kinetoscopio, entre otros medios. En 2012, publicó la antología crítica ‘La mirada americana: 50 años de Film Comment’ y ha participado en monografías sobre Claire Denis, Paul Schrader o R.W. Fassbinder, entre otros. Además de escribir, comparte su pasión cinéfila con los alumnos y alumnas de las asignaturas de Análisis Fílmico de la ESCAC, la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña. Es miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y la Escritura Cinematográfica) y de FIPRESCI (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica), y ha sido jurado en los festivales de Mar del Plata, Linz, Gijón, Sitges y el DocsBarcelona, entre otros.
En el ámbito de la crítica, sus dioses son Manny Farber, Jonathan Rosenbaum y Kent Jones. Sus directores favoritos, de entre los vivos, son Richard Linklater, Terence Davies y Apichatpong Weerasethakul, y su pudiera revivir a otros tres serían Yasujirō Ozu, John Cassavetes y Pier Paolo Pasolini. Es un culé empedernido, está enamorado de Laura desde los seis años, y es el padre de Gala y Pau.